—Mira quién decidió aparecer —dijo, con un tono que oscilaba entre el alivio y alegria, Ronan, con la misma soltura de quien conoce cada rincón de esa casa mejor que el dueño actual, se acercó sin ceremonia. Ignoró la formalidad del saludo, cruzó el umbral hacia el balcón y tomó una botella que descansaba sobre una mesa auxiliar. Se sirvió un trago, el cristal chocando contra el borde de la copa con un tintineo seco.
—Te has adaptado bien —comentó Ronan, observando el lugar mientras bebía. No