La ceremonia se organizó al atardecer, cuando el cielo se teñía de tonos naranjas y púrpuras, como si el propio sol se negara a abandonar el día sin antes rendir homenaje a los caídos.
No fue un evento elegante ni ostentoso. Solo un adiós crudo y honesto a quienes habían dado todo por proteger lo que quedaba de su mundo.
Las antorchas iluminaron el claro frente a la mansión, clavadas en la tierra húmeda. Siete plataformas de madera habían sido construidas con cuidado, cada una cubierta con