Calia se deslizaba entre los arbustos del laberinto sintiendo la brisa nocturna acariciar su piel, no había vuelto a ver a Aleckey desde la mañana intensa que habían tenido, pero albergaba la esperanza de estar con él esta noche.
Se detuvo en el centro del laberinto, donde una pequeña fuente de piedra dejaba caer el agua en un ritmo constante. Cerró los ojos, respiró profundo. Las flores que bordeaban el seto exhalaban un aroma dulce, casi hipnótico. Por primera vez en semanas, su pecho no dolí