Durante tres días enteros, Aleckey recorrió cada rincón del bosque, cada cueva, cada paso oculto en el territorio que había protegido con su vida. Su corazón, antes tan firme y salvaje, latía ahora con una desesperación que lo consumía desde adentro.
—¡Calia! —rugía una y otra vez, con la voz quebrada, la mirada ausente, las garras extendidas.
No comía, no dormía. Solo buscaba.
Ebert, su lobo interior, clamaba por ella. Lo empujaba cada vez más hacia la locura, lo arrastraba a su forma lobuna