El sol ya estaba alto cuando dieron con el rastro. La sangre humana, seca y oscura sobre las hojas caídas, les indicaba el camino. Darren, Alastair y Aleckey se movían con rapidez, sus sentidos agudos no perdían detalle entre la brisa cálida y los susurros del bosque.
El sendero los llevó hasta una cabaña enorme, lejos del territorio de Aleckey, hecha de troncos envejecidos y paredes ennegrecidas por el tiempo. Estaba oculta entre los árboles más densos del bosque, como una herida podrida que l