El jardín de la mansión estaba en su punto más hermoso con la luz del atardecer filtrándose entre los árboles y las enredaderas trepando con elegancia por las columnas de mármol. El aroma a lavanda y rosas flotaba en el aire, pero nada de eso calmaba la tormenta que se cernía sobre las dos mujeres que se encontraban allí.
Astrid observaba a Calia con el ceño fruncido, los brazos cruzados sobre el pecho en un claro gesto de desagrado. Calia, por su parte, fingía indiferencia, aunque en su inter