Cuando estuvieron dentro de la mansión, Aleckey la miró con una furia que no pudo ocultar. Sus ojos brillaban con ese dorado salvaje, y su mandíbula apretada mostraba la frustración que hervía dentro de él. Se acercó a Calia con pasos firmes, la distancia entre ellos se acortaba con cada segundo que pasaba. La tensión era palpable, y el aire a su alrededor parecía cargarse con electricidad.
—¿Qué demonios pensabas, Calia? —rugió, su voz cargada de enojo—. ¿Qué clase de juego es este? No puedes