Una semana después de que Aleckey le regalara a Calina la tiara esta decidió visitar el convento a travesando el viento gélido de la tarde que se arremolinaba entre los árboles desnudos, sacudiendo las ramas con un murmullo helado. Calia caminaba con paso firme por el sendero que conducía al convento, su largo abrigo negro ondeando a su alrededor como una sombra errante. A pesar del frío, no se detuvo ni una sola vez. Había esperado demasiado para este momento.
La edificación se erguía imponent