Cuando Zadkiel abrió los ojos, el cuerpo todavía pesado por la noche anterior. Su lobo dormía en lo profundo, saciado pero inquieto. El calor del celo se había disipado, y con él, también la euforia que lo había dominado. Solo quedaba el silencio. Y un espacio vacío a su lado.
La omega ya no estaba.
Ni su aroma flotaba en el aire.
Zadkiel se sentó en la cama, aún desnudo, con el cuerpo marcado por las huellas de ella: arañazos suaves, mordidas contenidas, el recuerdo invisible de sus manos, su p