La tarde se filtraba con suavidad a través de los ventanales de la sala principal, donde los rayos del sol danzaban sobre las alfombras y las columnas de piedra, Calia se encontraba sentada en un sillón junto a Aleckey, observando a Zadkiel jugar con unas piezas de madera sobre el suelo. Tenía apenas cinco años, y aunque su mundo estaba sumido en oscuridad, sus manos pequeñas eran curiosas, inquietas, decididas a conocer cada rincón de la mansión que no podía ver.
Un gruñido suave brotó de sus