Las puertas del dormitorio se abrieron con un leve chirrido, y el aroma a tierra, sudor y aire matutino se coló junto al alfa Dimitri, quien entró con el torso desnudo, la piel perlada por el sudor del entrenamiento, el cabello húmedo pegado a la frente, y una toalla blanca colgando de su cuello. Aún respiraba con cierta agitación, y su mirada se dirigió de inmediato al centro de la habitación.
Aria estaba sentada en medio de la cama, con las piernas cruzadas y envuelta en una bata de satén azu