Calia abrió los ojos con lentitud, como si su cuerpo todavía no estuviera listo para regresar al mundo. Todo parecía irreal, como si caminara entre los restos de un sueño violento. La seda de las sábanas acariciaba su piel desnuda y ardida, cubierta por un leve temblor que no podía controlar. Intentó moverse, pero una punzada intensa recorrió su columna, seguida de una oleada de calor que le estremeció los músculos.
—Ah… —murmuró, llevando una mano a su frente húmeda—. ¿Qué…?
—Tranquila —la voz