Aleckey, Asher, Calia y Luz llegaron al corazón del territorio de Dimitri. El aroma a tierra húmeda, pino quemado y sangre vieja impregnaba el aire.
En la puerta principal de la mansión, se encontraba Sitara, con su cabello oscuro trenzado cayendo sobre una capa de cuero rojo sangre, y esa sonrisa ladeada que era todo un poema de desafío y poder.
—Has tardado, Aleckey —dijo con esa voz que podía acariciar o desgarrar, según su humor—. Pensé que el rey de las nueve manadas sabría llegar más ráp