El ascensor se abrió con su habitual zumbido, pero Clara apenas lo oyó. Sus tacones resonaban con fuerza sobre el suelo brillante del hall, como si su sola presencia fuera una amenaza. El lunes no había hecho más que comenzar, y ya se sentía como si caminara hacia su ejecución.
El corazón le latía con fuerza. No sabía si iba a encontrarse con silencio, con miradas esquivas… o con algo peor. Pero no iba a esconderse. No otra vez.
Cuando llegó a su escritorio, una sensación extraña le recorrió la