Clara apenas había regresado a su escritorio cuando el mensaje apareció en la pantalla:
Mi oficina. Ahora.
G.F.
Ni un saludo. Ni una explicación. Solo una orden disfrazada de mensaje neutral.
Suspiró, cerró el archivo que tenía abierto y se dirigió sin prisa al despacho de Gonzalo. Tocó dos veces antes de entrar. Él estaba de pie, junto al ventanal, con las manos en los bolsillos y la espalda tensa.
—¿Querías verme? —preguntó ella con calma.
Gonzalo se giró, lento, con esa expresión que no sabí