La pantalla del ordenador permanecía encendida, aunque Gonzalo no le prestaba atención. Llevaba más de una hora frente a ella, con los codos sobre el escritorio y la vista fija en la nada. En la bandeja de entrada, un correo titulado “Panadería San Blas – Donación formalizada” esperaba ser abierto.
Lo hizo con un clic tembloroso.
El importe era significativo. Lo suficiente para renovar el local, contratar a Clara de forma fija, y sostener el negocio por al menos dos años. Sin nombres. Sin condi