Mundo ficciónIniciar sesiónTodavía estaba procesando cada gesto de Adrián mientras caminaba hacia mi casa después del encuentro en el parque. El corazón me latía demasiado rápido, y cada pensamiento sobre él me hacía sentir una mezcla de emoción y miedo. Pero justo cuando pensaba que podría relajarme, mi teléfono vibró.
Era un mensaje de él: “Estoy en la cafetería de siempre. Te espero, si quieres un café.” Mis mejillas se calentaron. No podía decir que no, y algo en mí quería verlo otra vez, aunque fuera solo por unos minutos. Me cambié rápido, intentando ordenar mis pensamientos, y salí hacia la cafetería. Al entrar, lo vi apoyado en la barra, leyendo algo en su tablet. Levantó la mirada y me sonrió de esa forma ruda que me desarmaba instantáneamente. Cada músculo de mi cuerpo se tensó al instante. —No esperaba verte tan rápido otra vez —dijo, con la voz grave, mientras se acercaba a mí—. Pensé que querrías un respiro después de ayer. —Sí… —dije, tratando de sonar tranquila, pero el calor subiendo por mi pecho delataba lo nerviosa que estaba—. Pero supongo que no puedo evitar seguir pensando en… todo. Él arqueó una ceja y se inclinó ligeramente hacia mí, lo suficiente para que su aliento rozara mi oído mientras susurraba: —Mm… ya veo. No puedes dejar de pensar en mí, ¿verdad? Intenté apartar la mirada, pero era imposible. Su cercanía me hacía perder el control, y cada palabra suya me provocaba un escalofrío que recorría mi espalda. —No… no es solo eso —susurré—. Es complicado. —Hm —gruñó, rudo—. Siempre lo es. Y eso lo hace más interesante, ¿no crees? Me ofreció un café y me senté frente a él. Mientras lo bebíamos, cada gesto suyo parecía calculado para mantenerme en un estado de alerta emocional. Cada vez que se inclinaba para mirar algo en mi mesa, la distancia entre nosotros se reducía un poco, y cada roce accidental de su brazo me hacía estremecer. —Lara —susurró, rudo—. Me intriga que puedas mantener la calma en medio de todo esto. No es natural. —Estoy… intentando —dije, aunque sabía que mi voz delataba todo lo contrario—. Pero cada vez que estamos cerca, es imposible ignorarlo. —Mm… —gruñó, provocador—. Sí, lo sé. Y disfruto cada segundo de cómo reaccionas. No sabía si debía sentirme halagada o irritada por su comentario. Pero antes de poder contestar, un ruido fuerte en la puerta captó nuestra atención. Una pareja entró y su conversación se volvió ruidosa, interrumpiendo nuestro momento. Adrián me miró, rudo y serio: —Ignóralos. Esto es nuestro momento, aunque sea por unos minutos. Sentí cómo mi corazón se aceleraba. Esa ruda protección que siempre mostraba hacia mí me hacía sentir segura y a la vez provocaba emociones que no podía controlar. —Adrián… —susurré, nerviosa—. Esto es… intenso. —Mm… —contestó, inclinándose hacia mí, su rostro a pocos centímetros—. Sí. Y parece que te gusta más de lo que quieres admitir. Por un momento, el ruido alrededor desapareció. Solo existíamos él y yo, atrapados en esa burbuja de tensión emocional y sugestión. Cada gesto, cada palabra, cada mirada cargada de intención me mantenía al límite. Decidí que necesitaba un poco de aire, así que salimos a la terraza del café. La luz del atardecer iluminaba suavemente la ciudad, y cada sombra parecía alargar la tensión que sentía. Caminamos lado a lado, sin hablar demasiado, cada uno midiendo el espacio del otro. —Lara —dijo finalmente, rudo y grave—. No intentes controlar lo que sientes. A veces, dejarse llevar un poco es la única forma de entenderlo. —Mm… —susurré, sintiendo cómo mi respiración se aceleraba—. Creo que empiezo a entenderlo. Y no sé si quiero detenerme. Mientras nos acercábamos a la esquina donde nos separaríamos, Adrián se inclinó ligeramente, como si quisiera decirme algo en privado. Su voz bajó a un susurro grave: —No ignores lo que pasa entre nosotros. Lo que sientes no va a desaparecer. —Lo sé —susurré—. Y… creo que tampoco quiero que desaparezca. Su mano rozó la mía apenas unos segundos mientras me daba la espalda para marcharse. Esa mínima caricia fue suficiente para dejarme temblando. Cada encuentro con él me acercaba más a un límite que no sabía si estaba lista para enfrentar, y al mismo tiempo me hacía desearlo más de lo que quería admitir. Caminé de regreso a casa con la mente llena de pensamientos imposibles de organizar. Cada gesto, cada susurro, cada roce calculado por Adrián me dejaba más cerca del límite emocional y físico que nos conduciría, eventualmente, al momento que cambiaría todo entre nosotros. Sabía que lo que sentía ya no era solo atracción o deseo. Era una mezcla de confianza, dependencia emocional y pasión contenida. Con Adrián, cada momento era imprevisible, intenso y difícil de ignorar. Y yo estaba empezando a darme cuenta de que cada paso que daba hacia él era también un paso hacia algo que no podría controlar.






