Mundo de ficçãoIniciar sessãoEl domingo amaneció con un cielo gris, y yo no podía concentrarme en nada. Cada paso que daba por la casa, cada sonido, me recordaba las horas compartidas con Adrián el día anterior. No era solo la atracción física: era la intensidad emocional que me dejaba sin aliento y confundida al mismo tiempo.
Decidí salir a caminar, necesitaba aire, necesitaba pensar, pero apenas crucé la puerta, lo vi aparecer al final de la calle. Caminaba hacia mí con esa postura ruda que siempre lograba desarmarme. —Lara —dijo, grave y directo—. Pensé que te tomarías el domingo para descansar. —Lo intento —respondí, intentando sonar despreocupada—. Pero no puedo evitar pensar en todo lo que pasó ayer. Él se detuvo a un par de metros y me observó con esa mirada intensa que sabía que me atravesaba sin tocarme. Cada gesto suyo parecía calculado para que sintiera la tensión entre nosotros. —Mm… —susurró, rudo y provocador—. Yo tampoco puedo dejar de pensar en ello. Y me parece que tú tampoco. Intenté apartar la mirada, pero era imposible. Cada segundo frente a él me recordaba la mezcla de emociones que sentía: deseo, miedo, confusión y algo más profundo que no podía nombrar. —No sé si debería —susurré, sintiendo cómo el corazón me latía con fuerza—. Todo esto es… complicado. —Hm —gruñó, rudo—. Lo complicado siempre es lo más interesante. Y parece que no quieres admitir lo que sientes. Caminamos juntos, cada paso un recordatorio de la cercanía. Su hombro rozó el mío de manera “accidental”, pero suficiente para que un escalofrío me recorriera. Cada gesto suyo era medido, provocador y, sin embargo, contenía un límite profesional que lo hacía aún más difícil de ignorar. Más tarde, nos encontramos con un pequeño parque. Nos sentamos en un banco, intentando aparentar normalidad, pero cada mirada, cada roce, cada palabra susurrada cargaba la tensión que ambos sentíamos. —Mm… —dijo, rudo y grave—. ¿Vas a seguir negando lo que sentimos? —No… —susurré, consciente de que mis mejillas estaban rojas—. No puedo ignorarlo… pero tampoco sé qué hacer. —Hm —gruñó, arqueando una ceja—. A veces, no hacer nada es lo más peligroso. Porque mientras más luchamos, más nos acercamos al límite. Su mano se movió cerca de la mía, apenas rozándola. Cada roce era suficiente para que mi respiración se acelerara. Cada palabra suya, cada gesto rudo, me dejaba vulnerable y consciente de lo mucho que lo deseaba. —Adrián… —susurré—. Esto es… demasiado intenso. —Mm… —contestó, provocador—. Sí, lo es. Pero parece que disfrutas la intensidad más de lo que quieres admitir. Intenté apartar la mente, concentrarme en otra cosa, pero era imposible. Cada segundo con él aumentaba mi deseo, mi confusión y mi miedo al mismo tiempo. —Creo que estoy empezando a entender lo que siento —susurré—. Y no sé si quiero resistirme más. —Mm… —gruñó, rudo—. Bienvenida a la verdad. A veces, aceptar lo que sentimos es el primer paso para manejarlo, aunque sea complicado. Mientras hablábamos, un grupo de niños pasó corriendo cerca, y uno de ellos tropezó, cayendo casi sobre mí. Adrián reaccionó instantáneamente, rudo y protector, colocándose delante de mí para asegurar que no me lastimara. —¿Estás bien? —preguntó, su voz firme pero cargada de tensión emocional—. No dejes que nadie te lastime. Me quedé mirando cómo su gesto no era solo protector sino también cargado de esa intensidad que me dejaba sin aliento. Cada momento con él era un recordatorio de que no podía negar lo que sentía. —Gracias… —susurré, con la respiración un poco agitada—. Siempre estás ahí cuando menos lo espero. —Mm… —dijo, rudo—. Siempre. Aunque no lo pidas, aunque no lo veas, siempre estoy ahí. El resto de la tarde transcurrió entre miradas cargadas de tensión y palabras susurradas cerca del oído. Cada roce, cada gesto, cada pequeño contacto era una provocación medida, ruda y controlada. Sabía que Adrián disfrutaba de mantener la línea profesional, pero también de mantenerme emocionalmente atrapada en ese juego silencioso. —Lara… —susurró mientras nos levantábamos del banco para irnos—. No intentes controlar lo que sientes. Déjate llevar un poco. —Mm… —susurré, sintiendo cómo mi corazón se aceleraba—. Creo que empiezo a entenderlo… y no sé si quiero detenerme. Mientras caminábamos juntos de regreso, cada paso y cada roce era un recordatorio de que la tensión entre nosotros no disminuía. Cada encuentro nos acercaba más, cada gesto rudo y protector aumentaba la química, y yo empezaba a aceptar que mis sentimientos por él eran reales, intensos y complicados. Al despedirnos, su mano rozó ligeramente la mía, y su mirada me dejó clara una cosa: cada momento con Adrián estaba lleno de provocación, emoción y tensión, y no podía seguir negando lo que sentía. Caminé hacia mi casa con el corazón acelerado, con la mente llena de pensamientos imposibles de ordenar. Cada roce, cada mirada, cada palabra susurrada por él me dejaba más cerca de un límite que no sabía si estaba preparada para enfrentar. Pero algo estaba claro: no había vuelta atrás. Con Adrián, cada momento sería intenso, imprevisible y cargado de emociones que cambiarían todo para mí.






