Tras la merienda, poco a poco las familias fueron despidiéndose. Los abrazos y besos finales dejaron un calor agradable en la casa, como si todo lo vivido se hubiera impregnado en las paredes. El ambiente cambió a algo más íntimo y familiar, esta vez solo nosotros y los hermanos, con la comodidad de saber que estábamos solos y sin prisas.
—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó él, sonriendo mientras recogíamos los últimos restos de la merienda.
—Yo propongo pizza —dije, ladeando la cabeza y cruzando