Mundo ficciónIniciar sesiónTras la merienda, poco a poco las familias fueron despidiéndose. Los abrazos y besos finales dejaron un calor agradable en la casa, como si todo lo vivido se hubiera impregnado en las paredes. El ambiente cambió a algo más íntimo y familiar, esta vez solo nosotros y los hermanos, con la comodidad de saber que estábamos solos y sin prisas.
—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó él, sonriendo mientras recogíamos los últimos restos de la merienda. —Yo propongo pizza —dije, ladeando la cabeza y cruzando los brazos, ya relajada—. Algo sencillo, sin complicaciones. —Perfecto —dijo él, acercándose para darme un beso rápido en la frente—. Mientras tanto, yo me quedo con el cachorro. El pequeño San Bernardo estaba emocionado, correteando entre la cocina y el salón, moviendo la cola y chocando con nuestras piernas cada dos segundos. Era imposible no reír con él. La pizza llegó en pocos minutos, humeante y olorosa, y nos sentamos con bandejas improvisadas sobre la mesa. —No puedo creer que estemos aquí —dije mientras cogía un trozo de pizza—. Después de todo lo que pasó, parece un sueño. —Sí —dijo él, mordiéndose el labio y observándome mientras abría la caja de su pizza—. Y pensar que todo empezó con esa discusión tonta en la oficina… Nunca hubiera imaginado esto. Nos reímos recordando cómo se habían dado los primeros encontronazos entre nosotros. Él hacía gestos exagerados y yo me tapaba la cara, recordando cada palabra que nos habíamos dicho en esos días. Era divertido cómo todo lo que empezó con tensión y roces incómodos se había convertido en esto: confianza, risas, cercanía y una relación que ya se sentía sólida. —¿Recuerdas cuando casi me tiras el café encima? —pregunté entre risas, recordando aquel incidente que nos había hecho discutir un día entero. —¿Cómo olvidarlo? —dijo él, sonriendo ampliamente—. Fue el inicio de todo esto, aunque no lo sabíamos. Entre risas y anécdotas, el cachorro se acomodó entre nosotros, apoyando su cabeza sobre nuestras piernas y cerrando los ojos. Cada movimiento suyo nos hacía reír o comentar algo tierno, y pronto toda la conversación giró hacia el futuro. —¿Y vosotros? —preguntó mi hermano—. ¿Planes de futuro? —Sí —dijo él, mirándome de reojo mientras cogía un trozo de pizza—. Estamos empezando a pensar en todo lo que queremos juntos. Vivienda, viajes… incluso familia algún día. Sentí un calor recorrerme el pecho. No era solo la comida, ni el momento en sí, sino la claridad de que él y yo estábamos en la misma sintonía. Asentí, sonriendo, y añadí: —Exacto. Queremos que todo sea juntos. Pasos pequeños, pero conscientes. Nada improvisado, solo nosotros dos construyendo algo real. Entre anécdotas de cómo se conocieron, risas por recuerdos de infancia y pequeños comentarios sobre el trabajo y la vida diaria, la cena transcurrió con naturalidad. Las pizzas se acabaron y la conversación se volvió más ligera, jugando con bromas y recordando momentos graciosos de sus días con sus hermanos. —Este cachorro nos ha dado la excusa perfecta para sentarnos todos juntos —dijo él, acariciando la cabeza del perro mientras me miraba con complicidad—. Y encima, es imposible estar enfadados con él cerca. —Sí —dije, riendo mientras el cachorro se apoyaba en mi pierna—. Es como si nos recordara que hay que disfrutar de estos momentos, sin complicaciones. La noche se volvió tranquila y acogedora. Las luces cálidas del salón creaban un ambiente perfecto para las risas, las conversaciones y la cercanía. Nos sentamos en el sofá después de la cena, con el cachorro entre nosotros, mirando fotos en el móvil y compartiendo recuerdos. —No puedo creer que ya hayan pasado todos estos meses desde que nos conocimos —dije, recostándome ligeramente en su hombro. —Yo tampoco —respondió él, tomando mi mano entre las suyas—. Y mira todo lo que hemos construido hasta ahora. Es increíble. Nos quedamos así un momento, abrazados, con la sensación de que cada paso, cada roce, cada risa había sido necesario para llegar hasta aquí. El cachorro se acomodó a nuestros pies, cerrando los ojos, y la casa estaba tranquila, llena de calor y risas recientes. —Sabes —dijo él, acariciándome la espalda suavemente—. Estoy seguro de que esto es solo el principio. Que cada día nos traerá más momentos así, más risas, más planes y más historias juntos. —Sí —dije, apoyando mi cabeza en su pecho—. Y no quiero que termine nunca. Nos quedamos así, hablando suavemente de planes futuros, sueños, recuerdos y pequeñas bromas, mientras la noche avanzaba. Cada palabra, cada gesto, cada roce nos recordaba que estábamos construyendo algo real y sólido, que nos pertenecía solo a nosotros dos y que nada podía romperlo. El día terminó con el corazón lleno, el estómago contento y la certeza de que nuestra relación no solo se fortalecía, sino que se volvía más profunda y significativa con cada momento compartido. Entre risas, pizzas, un cachorro juguetón y conversaciones sobre el futuro, supimos que este era solo uno de los muchos días perfectos que viviríamos juntos.






