Mundo ficciónIniciar sesión*Lara*
La tarde cayó sin que ninguno de los dos dijera en voz alta que se estaba acabando. El sol entraba ya más bajo por las ventanas, tiñendo la casa de tonos cálidos que hacían que todo pareciera más lento, más íntimo, como si el tiempo se resistiera a avanzar. Adrián estaba recogiendo algunas cosas del despacho, cerrando el portátil con calma, sin prisas reales. Yo lo observaba desde el sofá, con esa sensación rara de querer grabarlo todo en la memoria. —Creo que ya debería irme —dije finalmente, rompiendo el silencio. Las palabras sonaron más firmes de lo que me sentía por dentro. Él se giró despacio, apoyándose en la mesa, mirándome con atención. No hubo sorpresa en su expresión. Solo aceptación. —Sí —respondió—. Supongo que sí. Me levanté y caminé hacia él. El espacio entre nosotros se redujo de forma natural, sin tensión, sin esa electricidad descontrolada de otras veces. Era distinto. Más suave. Más real. —Gracias por hoy —añadí—. Por todo. —Gracias a ti por quedarte —dijo—. Ha sido… fácil. Sonreí al escuchar esa palabra. Fácil. No era algo que soliera asociar a relaciones que importan, pero en ese momento tenía sentido. Nos quedamos de pie frente a frente unos segundos, sin saber muy bien cómo cerrar aquello. No era una despedida definitiva, pero tampoco era una más. Adrián fue el primero en moverse. Abrió los brazos con un gesto tranquilo, invitándome sin presionar. Me acerqué y lo abracé. Fue un abrazo largo, sincero, de esos que no buscan nada más que sostener. Apoyé la mejilla en su pecho y respiré hondo. Olía a él. A casa. A algo que empezaba a sentirse peligroso de lo bien que encajaba. —Cuídate —murmuró cerca de mi oído. —Tú también. Nos separamos despacio. Demasiado despacio. Me miró como si quisiera decir algo más, pero no lo hizo. En su lugar, inclinó ligeramente la cabeza y me dio un beso breve, suave, en los labios. No hubo urgencia. No hubo intensidad. Solo una confirmación silenciosa. —Nos vemos —dije. —Nos vemos, Lara. Cogí mi bolso, respiré una última vez aquel aire que ya sentía distinto y salí. El sonido de la puerta al cerrarse detrás de mí fue más fuerte de lo que esperaba. El trayecto a casa se me hizo extraño. Todo parecía igual que siempre, pero yo no lo era. Al entrar en mi piso, me recibió el silencio habitual, ese que otras veces agradecía y que ahora me pesó de golpe. Dejé las llaves, el bolso, me quité los zapatos despacio. La casa estaba exactamente como la había dejado. Y aun así, se sentía vacía. Me senté en la cama y miré alrededor. Pensé en lo fácil que había sido estar allí con él. En lo natural que se había sentido compartir espacio, rutinas, silencios. Volver sola fue como despertar de algo que no sabía que llevaba tiempo deseando. No me arrepentía. En absoluto. Pero entendí, mientras me cambiaba y me preparaba algo sencillo de cenar, que algo se había movido dentro de mí. Que ya no era solo deseo, ni solo curiosidad, ni solo una atracción intensa. Era la sensación de haber encontrado un lugar cómodo en alguien. Y eso asustaba mucho más. Me metí en la cama temprano. El móvil estaba en la mesilla, boca abajo. No lo miré. No hacía falta. Cerré los ojos y, por primera vez en días, el silencio no me calmó. Me recordó todo lo que ya no estaba. *Adrián* La casa se quedó en silencio en cuanto se cerró la puerta. No fue un silencio brusco, sino denso, extendido, como si el espacio necesitara reajustarse a la ausencia. Adrián se quedó unos segundos inmóvil en el salón, mirando hacia donde Lara había estado minutos antes. El sofá, la mesa, la luz de la tarde cayendo sobre el suelo. Todo seguía igual, y sin embargo no lo estaba. Caminó despacio por la casa, casi sin pensar. Recogió una taza olvidada, apagó una lámpara, cerró una ventana. Gestos automáticos. Rutina. Control. Siempre se le había dado bien eso. Se sentó en el sofá y apoyó los codos en las rodillas. Respiró hondo. No le gustaba cómo se sentía el silencio ahora. Estar solo nunca había sido un problema. Al contrario. Lo había elegido muchas veces. Había construido su vida así, ordenada, eficiente, sin demasiadas distracciones. Y de pronto, en menos de dos días, alguien había entrado sin hacer ruido y había cambiado la forma en la que ese orden se percibía. Pensó en Lara. En su manera de ocupar el espacio sin invadirlo. En cómo trabajaba en silencio, concentrada, y luego se permitía sonreír con comentarios pequeños, casi insignificantes. En lo fácil que había sido estar con ella sin tener que ser nada más. Se pasó la mano por la cara y soltó una risa breve, incrédula. —Mierda —murmuró para sí mismo. No era el deseo lo que le rondaba la cabeza. No principalmente. Era otra cosa. La idea de que, por primera vez en mucho tiempo, no quería estar solo al final del día. De que la casa, sin ella, parecía demasiado grande. Se levantó y fue hasta el dormitorio. La cama estaba hecha, perfecta, como siempre. Demasiado perfecta. Se sentó en el borde y dejó caer la cabeza un momento. Sabía que aquello no era sencillo. Sabía que estaba cruzando líneas que llevaba años evitando. Y aun así, no se arrepentía. Porque con ella no había sentido pérdida de control. Había sentido elección. Se levantó, apagó las luces y se quedó un segundo más en la oscuridad. Mañana volvería la rutina. El trabajo. Las decisiones. El mundo real. Pero esa noche, por primera vez en mucho tiempo, entendió que el problema no era compartir su espacio. Era darse cuenta de que ya no quería que estuviera vacío.






