Capítulo 98. Lo que empieza a cambiar
Nos quedamos así un largo rato.
Desnudos, enredados, respirando el mismo aire tibio que todavía tenía la forma del “nosotros” recién estrenado.
Ginevra no se movió al principio. Parecía casi dormida otra vez, con su mejilla apoyada sobre mi pecho y una pierna firmemente atrapando la mía, como si temiera que pudiera escaparme si aflojaba un solo músculo.
Yo no pensaba moverme.
Ni aunque la casa entera ardiera.
—Hmm… —murmuró apenas, sin abrir los ojos—. Debería levantarme.
—No deberías —corregí,