Capítulo 37. Un campo de guerra
No supe en qué momento el silencio se volvió tan pesado.
La tenía entre mis brazos, aún temblando, y cada segundo se sentía como una eternidad suspendida entre lo que quería decir y lo que no debía. Su llanto había cesado, pero quedaba el temblor, ese estremecimiento pequeño que deja una tormenta cuando ya no quedan lágrimas.
No pregunté nada. No me atreví.
Solo la sostuve, como si el simple hecho de hacerlo pudiera darle algo de calma.
El departamento estaba en penumbra, las cortinas corridas,