Capítulo 36. La culpa
Mi teléfono vibró en el bolsillo y lo sentí antes de mirarlo. Primero fue una llamada. Una sola línea de alerta, corta, insistente, y su nombre apareció en la pantalla: Ginevra. Mi primer impulso fue contestar, lanzarme a escuchar su voz y exigir respuestas, pero algo me detuvo. Algo que sabía que la última vez que había actuado por impulso había terminado con mi orgullo hecho trizas. No tomé la llamada. La dejé sonar, sonar, sonar hasta que se cortó sola, y entonces sentí un hueco en el pecho,