Capítulo 13. Una Ginevra que no conocía
Al día siguiente, llegó tarde. Muy tarde.
El estudio ya estaba en marcha cuando se abrió la puerta del ascensor y Ginevra entró.
El sonido de sus tacones resonó distinto: más lento, más pesado.
No saludó, no dio indicaciones.
Solo cruzó el espacio con el rostro tenso, los labios apretados, y se encerró en su oficina con una sola instrucción, dirigida a todos pero especialmente a Valeria:
—No quiero que nadie me moleste. Nadie.
Su voz no fue fría; fue frágil. Y eso fue peor.
Durante el resto de l