CAPÍTULO 168
El Peso de una Verdad Devastadora
En cuanto salí del hospital, el mundo se sintió más pesado, como si el cielo se hubiera hundido sobre mis hombros, presionándome con un peso que ya no podía soportar. Caminé hacia el coche aturdida, apenas consciente de la gente que se movía a mi alrededor, apenas consciente de nada más que los latidos de mi corazón y las palabras que resonaban en mi mente.
"Llevas el bebé de mi amigo. ¿Creías que no lo sabía?"
Abrí la puerta del coche con manos temblorosas y me hundí en el asiento del conductor, respirando a ráfagas entrecortadas. Mis dedos temblaban contra el volante, y en cuanto cerré la puerta, encerrándome en ese pequeño y silencioso espacio, algo dentro de mí se rompió.
Las lágrimas inundaron mis ojos, calientes e incontrolables. Intenté tragarme las lágrimas, intenté respirar a pesar del pánico, pero la presión en mi pecho explotó y rompí a llorar: sollozos fuertes, crudos y dolorosos que me sacudieron todo el cuerpo.
Todo lo que