Sienna miró al dueño de aquella mano, aunque lo supo desde el primer segundo.
Claro que era Mateo.
Había llegado hasta ella con una rapidez que no esperaba de un hombre que, apenas minutos antes, parecía estar negociando con el equilibrio y el alcohol. Su mano seguía rodeándole la muñeca, y su mirada… su mirada había cambiado.
Ya no estaba cargada de esa expresión ofendida con la que la había mirado cuando le preguntó