No deberías estar aquí.
Emma pasó la mañana en su habitación jugando con Emmanuel, como si alargar esos minutos pudiera compensar todas las horas que el trabajo le robaba.
Habían construido un mundo pequeño sobre la cama, con dinosaurios de plástico, una manta doblada como “cueva” y la risa de Emmanuel rebotando contra las paredes como si la casa entera también quisiera descansar.
Él estaba feliz, con las mejillas todavía redondas de sueño, el pelo enmarañado y es