Llama a Emma Rivera.
La nota desapareció a los pocos minutos, como si nunca hubiera existido, pero a Damián no se le bajó el pulso ni con esa “victoria” barata.
Apenas tuvo un respiro, tomó el teléfono y llamó a Roberto, el presidente de NY Post. No le dio espacio para saludos ni cortesías.
—Quiero entender algo —dijo con una voz tan controlada que sonaba peligrosa—. ¿Desde cuándo tu medio publica a pedido, Roberto?
Del otro lado intentaron justificarse con tecnicismos, con “fuentes”, con “material recibido”, con esa lengua aceitosa que se usa cuando se sabe que se cruzó una línea.
Damián no escuchó más de lo necesario.
—No me interesa cómo lo adornes. Te estoy advirtiendo una sola vez. Si vuelves a publicar una nota por orden de mi madre, sin el consentimiento de la empresa, nuestra relación se termina. Y cuando digo se termina, me refiero a contratos, acuerdos, acceso… todo.