Disculpas prestadas.

El calor del té todavía le estaba bajando por la garganta cuando Emma pensó, con una honestidad incómoda, que nada de esto tenía por qué moverla.‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎

Caleb podía ser atento, paciente, casi peligrosamente constante, pero ella no era una adolescente aprendiendo a ilusionarse, era una mujer que ya había entendido el costo de equivocarse con el hombre equivocado y, sobre todo, con la familia equivocada.‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎

No quería hacerle daño a Caleb.‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎‏‏‎‎
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