Aquí pertenezco.
El salón del Hotel Hartley estaba lleno, pero no abarrotado.
No cualquiera entraba ahí.
Peter Hartley había sido claro, lista cerrada, invitados seleccionados, seguridad estricta y cero paparazzi. No por capricho, sino por costumbre. Y por memoria.
Después del intento de secuestro que sufrió Emma cuando era niña, la familia aprendió que el anonimato también podía ser un privilegio.
Las conversaciones flotaban en el aire entre copas de champagne, risas medidas y acuerdos no escritos.
Era un evento de alta sociedad, sí, pero también una demostración silenciosa de poder.
Emma se detuvo unos segundos antes de entrar.
El vestido rojo, ceñido en la parte superior y fluido desde la cadera, con detalles dorados bordados a mano, resaltaba su piel clara y marcaba su figura con elegancia. La falda tenía una abertura discreta que dejaba ver su pierna derecha al caminar, lo justo para provocar miradas sin necesidad de provocarlas.
El cabello castaño caía sobre un solo hombro, dejando al descubiert