Esta vez, no te voy a soltar.
La sonrisa de su padre no se borraba.
Y eso, más que tranquilizarla, la ponía nerviosa.
Peter Hartley no sonreía porque sí. Nunca lo había hecho.
Cada gesto suyo tenía intención, peso, consecuencias. Y aquella sonrisa sostenida, casi paciente, era la misma que usaba cuando estaba a punto de mover una pieza importante en el tablero… y todos los demás aún no lo sabían.
Ni siquiera Emma.
El murmullo del salón no se apagó de golpe. Se fue diluyendo, como una marea que retrocede cuando reconoce una