A la mañana siguiente, un estruendo inusual sacudió la tranquilidad de la casa y despertó a Nadia de manera abrupta. Aquello no se parecía en nada a los sonidos habituales que solían marcar el inicio del día.
El cielo aún estaba teñido de un gris pálido, señal de que el amanecer apenas comenzaba. Nadia, acostumbrada a ser la primera en despertar, frunció el ceño, desconcertada. No era hora de que alguien más estuviera despierto, mucho menos haciendo ruido en la sala. Un mal presentimiento se ap