Rowan no pudo contenerse, por lo que tomó su celular de la mesita y marcó al número de Nadia. El tono de llamada le pareció eterno, hasta que al fin ella atendió.
Nadia, que en ese momento estaba cruzando el portón del Instituto de Bellas Artes, sacó el teléfono de su bolso. Al ver el nombre de Rowan en la pantalla una sonrisa se dibujó en sus labios antes de contestar.
—Buenos días —dijo con una voz serena.
—¿Cómo es que te fuiste sola? —preguntó Rowan sin rodeos.
—Me tomé la libertad de usar