El vestido me aprieta justo en el pecho. No porque esté mal ajustado, sino porque siento que no puedo respirar.
La gala benéfica es en un hotel de lujo, uno de esos donde todo huele a dinero viejo y poder bien maquillado. Las luces titilan como estrellas falsas, las risas suenan forzadas, y cada mirada parece juzgar.
Liam me ofrece el brazo con esa sonrisa de manual que aprendí a odiar… y también a admirar.
—¿Lista? —pregunta.
No. Pero asiento.
Salimos del auto con los flashes recibiéndonos com