La penumbra de mi celda estaba cargada de un calor denso, un rastro de sudor y el eco de los gemidos que acababan de apagarse. Aria yacía sobre mi pecho, su piel desnuda brillando bajo la luz de la luna que se filtraba por la pequeña ventana alta. Su respiración era todavía un galope errático, y su cabello oscuro se enredaba en mis dedos mientras yo acariciaba su espalda, recorriendo con una devoción dolorosa las marcas que empezaban a desvanecerse.
El silencio que siguió al sexo no era de paz,