El sábado amaneció con un sol radiante, una luz cruel que iluminaba cada rincón del internado, recordándome que hoy el mundo exterior abriría sus puertas. Desde las primeras horas de la mañana, el bullicio en los pasillos era insoportable. Las risas de los alumnos, el olor a perfumes baratos y la excitación por el festival en el pueblo se filtraban por las rendijas de mi puerta como un veneno lento.
Me quedé en mi celda, incapaz de bajar al comedor. Me puse la sotana, ajustando el cuello cleric