El comedor del internado era un hervidero de bandejas de metal, risas adolescentes y el eco constante de las conversaciones que rebotaban en los altos techos de piedra. Me senté en la mesa de los profesores, justo al lado de Liam y Connor, sintiendo el peso de la sotana como una armadura que me apretaba el pecho. Aún sentía el rastro del calor de Aria en mis manos, el recuerdo de su piel contra la madera del escritorio quemándome la memoria.
—Kyler, estás revolviendo la sopa pero no has dado ni