Mía abrió la boca. No salió nada.
—¿Mía? ¿Estás bien?
—Yo… —La voz le salió rota—. Necesito verte.
Silencio del otro lado.
—¿Cuándo?
—Hoy. —Las palabras se le escaparon—. Si puedes. Por favor.
Otra pausa.
—¿Dónde?
Mía le dio la dirección de su departamento. No tenía energía para salir. No tenía fuerza para fingir en público. La cadera le dolía como si tuviera incrustados vidrios.
—Estaré ahí en una hora.
—Bien.
Colgó antes de que pudiera arrepentirse.
Dejó caer el teléfono en el sofá.
Se cubrió