Lo único que interrumpía el silencio en la casa Salazar eran los dedos de Adriel sobre el teclado de su laptop.
Ana, su madre, entró a la sala de estar sin anunciarse.
—¿Qué haces? —Le preguntó con los ojos muy abiertos. Parecía que en lugar de verlo revisar documentación lo hubiera encontrado con un arma en la cabeza.
—Trabajo. —Adriel no apartó la vista de la pantalla.
—¡Esto es el colmo! ¿De verdad tienes ganas de acabar con tu vida?
—Mamá, termino de revisar unos documentos, no inhalo cocaí