Eran las 7:15 de la mañana cuando su teléfono comenzó a vibrar.
El sonido la arrancó de un sueño ligero. Casi inexistente.
La blusa de su pijama olía a leche. A bebé.
Apenas logró conciliar el sueño por dos horas seguidas. Le dolía la cabeza. Un dolor sordo que le pulsaba detrás de los ojos.
Tanteó la mesita de noche. Encontró el teléfono. Lo acercó a su rostro. Entrecerró los ojos ante la luz de la pantalla.
Número desconocido.
Dudó. Normalmente no contestaba a números que no conocía.
Pero el