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El silencio no duró.
Nunca lo hacía.
Eli seguía agachado frente al cuerpo de Stephanie.
Pero algo en él se reacomodó.
No emoción.
No culpa.
Instinto.
Sus dedos se separaron lentamente de la piel fría.
Se puso de pie.
Sin prisa.
Como si nada de lo que acababa de pasar tuviera peso real.
Como si ya lo hubiera archivado en algún lugar de su mente donde nada importaba.
Giró el rostro hacia sus hombres.
—Muévanse.
La orden fue baja.
Pero firme.
Automática.
Dos