La casa permanecía en tensión constante.
Nada se relajaba.
Nada regresaba a la normalidad.
Y en medio de todo eso…
Mía seguía frágil.
Demasiado.
El dolor físico resultaba manejable. Los medicamentos, el reposo y la vigilancia constante lo controlaban.
Pero lo otro…
Eso no.
Los episodios llegaban sin aviso.
El corazón se aceleraba.
La sensación de ahogo aparecía.
El miedo irracional, aunque real, la invadía.
Cada crisis dejaba algo más detrás:
Más agotamiento.
Más desgaste.
M