El interrogatorio en la sala seguía su curso, pero Tomás ya no estaba del todo allí.
Las voces de Adriel se volvieron distantes, como si llegaran desde el otro lado de una pared gruesa. Los rostros de los hombres alineados se difuminaron. El peso del miedo en el ambiente se volvió borroso, irreal.
De pronto, todo se oscureció.
Y Tomás se encontró solo en su cuarto.
Estaba sentado en el borde de la cama, la habitación en penumbras, iluminada únicamente por la luz fría y azulada de su teléfono. E