ran cerca de las cinco de la tarde cuando mi mamá, Sila y yo decidimos ir al centro comercial. Mery, mi madre, estaba decidida a usar la tarjeta ilimitada que Mathew le había dejado y comprar sin límites. Subimos a la camioneta con emoción y una pizca de travesura; ella sonreía como una adolescente mientras encendía la radio y dejaba que una canción pop alegre llenara el ambiente. Sila, sentada en el asiento trasero, no dejaba de mirar su celular, nerviosa, como si esperara un mensaje que no ll