Apoyo la cabeza sobre mis manos, cerrando los ojos con fuerza, como si pudiera borrar su rostro de mi mente, como si eso fuera suficiente para dejar de sentir el sabor metálico de la sangre, su risa, su asco, su voz.
—Lo odio con mi alma, Sila —susurro, y mi voz tiembla mientras intento incorporarme—. Necesito ver al señor Mathew. Necesito hacer algo.
Sila se apresura a detenerme, tomándome con firmeza de los hombros.
—¿Estás loca? Si uno de los hombres que vigilan afuera le dice a mi hermano,