El aire se volvió espeso. Sentí su respiración junto a mi oído, caliente y repugnante. Su mano se deslizó con fuerza sobre mi boca, silenciando mi aliento agitado.
—No vayas a agitarte, zorra desobediente —susurró Jhon, dejando un beso húmedo y asqueroso sobre mi cuello—. Así que... ¿ciega?
Retiró su mano con lentitud, como si disfrutara cada segundo de mi parálisis. Yo no podía moverme, ni pensar con claridad. Solo podía sentir.
Mi cuerpo entero temblaba. Cerré los ojos con fuerza —aunque eso