La cocina del penthouse parecía el epicentro de un experimento químico que había salido espectacularmente mal, o maravillosamente bien.
Leo y Olivia tienen ocho años. Habían crecido rodeados de caos corporativo, demandas legales y crisis familiares gestionadas con precisión quirúrgica, pero su territorio era otro. Habían decidido independientemente, sin consultarse, sin hacer un pacto secreto en la oscuridad de su habitación compartida, que querían ser exactamente la misma cosa: cocineros.
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