La línea internacional crujió con estática antes de estabilizarse.
—Quiero volver a Nueva York para quedarme.
La voz de Lucas al otro lado del océano sonaba metálica, pero la determinación era sólida como el granito. Evelyn sostenía el teléfono contra su oído, de pie en la inmensa cocina del penthouse. El sol de la mañana iluminaba el polvo flotante en el aire.
—He pasado tres años viajando —continuó Lucas—. Documentando sistemas fallidos en Europa Central, en los Balcanes. He visto suficiente