La llamada llega de la prisión un martes de febrero.
El teléfono de la cocina vibró sobre la encimera de mármol frío con un zumbido letárgico. Afuera, el invierno golpeaba los ventanales del penthouse con ráfagas de viento helado. Evelyn contestó por puro instinto, secándose las manos en un paño de cocina.
La voz al otro lado era plana, institucional, desprovista de cualquier textura humana. Un funcionario del sistema penitenciario federal.
No hubo preámbulos. No había espacio para ellos.
Causa