La luz del amanecer sobre Manhattan tenía un color distinto cuando el apartamento estaba vacío. Era un azul pálido, casi translúcido, que se filtraba a través de los inmensos ventanales de cristal del salón principal y trazaba líneas geométricas perfectas sobre la madera pulida del suelo. No había obstáculos que cortaran los rayos de sol. No había mochilas tiradas a la carrera, no había abrigos olvidados sobre los respaldos de las sillas, no había tazas de té a medio beber abandonadas en la mes